Searching...
jueves, 12 de enero de 2006

Reseña en el suplemento Cultural de La Nueva España

Por Manuel Campa
Buscando un Ortega desde dentro, el último libro de Luis Arias, recupera el Ortega crítico, complejo, creador de ideas llenas de matices, gran escritor, más allá de los tópicos de posguerra, que hacían de Ortega o bien poco más que un «señorito madrileño» de ideas aristocratizantes -desde la izquierda-, o bien uno «de los de antes», es decir, un residuo anacrónico de la tan denostada II República española. Uno de los propósitos seguidos con más intensidad por los vencedores de la guerra civil fue borrar todo rastro de la II República. Pero, a pesar del empeño de los vencedores por borrar todo vestigio de la que calificaban como democracia inorgánica, quedó -entre otras memorias- la de los maestros republicanos supervivientes de la contienda que no habían sido depurados. Éste es el origen de la primera conciencia de Luis Arias: una actitud de respeto y veneración hacia el ejemplo moral e intelectual de los maestros republicanos. ¿Y qué representaban aquellos maestros? Simbolizaban, en los últimos pueblos de toda España, las formas superiores de la cultura, sobre todo los grandes escritores del 98 y de la Generación del 27, en medio de una vida personal de una gran austeridad y, en algunos casos, hasta de pobreza -«más hambre que un maestro de escuela», se decía. De un maestro de la República -Antón de la Braña, autor de teatro asturiano- procede el autor de esta biografía de Ortega. Por eso, no hicieron mella en Luis Arias los tópicos que, en forma de fuego cruzado, cayeron sobre el autor de La rebelión de las masas durante la última dictadura. Ortega, coautor con Marañón y Pérez de Ayala del «Manifiesto al servicio de la República, en febrero de 1931», es de los primeros en darse cuenta de los errores del nuevo régimen político. «La República española tiene que rectificar su ruta... Lo que es ineludible hacer es virar de lo falso hacia lo auténtico», escribe Ortega en agosto de 1931. Un buen ejemplo de la posición crítica de Ortega, frente a lo que considera errores de rumbo de la República, se da en la llamada «cuestión religiosa». Luis Arias es un gran especialista en Azaña, al que corresponde el protagonismo principal en este debate, especialmente a partir de su famoso discurso en las Cortes Constituyentes «España ha dejado de ser católica». Sin embargo, a través de los esclarecedores comentarios del libro que comentamos, podemos seguir, también, la posición de Ortega, del mayor interés vista desde hoy. En primer lugar, sorprende la claridad de ideas con que el filósofo madrileño defiende la separación Iglesia-Estado: «El Estado tiene que ser perfecta y rigurosamente laico». Lo señala de una manera tan rotunda que cabría pensar que, sabiendo lo que tiene en casa, está ya adivinando lo estrafalario de nuestra Constitución de 1978, donde en un artículo se separan Iglesia y Estado y, en el siguiente, vuelven a mezclarse. Pero, una vez rigurosamente separados Iglesia y Estado, el respeto más exquisito debe regir sus relaciones: «El artículo donde se legisla sobre la Iglesia me parece de gran improcedencia. Se habla allí de disolver las órdenes religiosas...» (Ortega: «Discurso ante las Constituyentes de 4-9-1931»). La discusión del Estatuto de Cataluña, en 1932, parece de ahora mismo: Azaña acusa al periódico «ABC», «que finge creer y hacer creer a sus lectores que a los catalanes se les da cuanto piden». Mientras Azaña se propuso resolver para siempre el tema catalán, para lo que contribuyó decisivamente a sacar adelante un Estatuto catalán admirable, en cambio, Ortega era plenamente consciente de que el problema catalán «sólo se puede conllevar»: «Yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar» (Arias. Ibídem, pág. 213). La actitud crítica del republicano Ortega ante la II República contribuyó a que resultara, a veces, malinterpretada su relación con la dictadura posterior. Pero nada resume mejor la relación de Ortega con el régimen político de entonces como la circular que, desde el Gobierno, se envió a los periódicos unos días antes del esperado fallecimiento del pensador madrileño: «A la vista de la posible muerte de don José Ortega y Gasset (...) la prensa publicará sobre este acontecimiento un máximo de dos columnas y, si se desea, un panegírico en el que se eludirán menciones a sus errores políticos y religiosos, y, en cualquier caso, se eliminará siempre el término maestro» (Arias. Ibídem, pág. 238). Queda claro el antagonismo entre el filósofo y el régimen. Luis Arias es profesor de Literatura y, como sería de esperar, dedica una gran atención a las ideas estéticas y literarias de Ortega. Sin embargo, no deja sin tratar ninguno de los temas relevantes del autor de «La rebelión de las masas». A esta importante obra dedica Luis Arias uno de los capítulos más interesantes del libro que reseñamos. Escrita por Ortega en los últimos años veinte, pone a prueba una de las ideas más queridas del filósofo madrileño: España como problema, Europa como solución. Pero se acercan los momentos europeos más sombríos, que Ortega diagnostica con toda claridad como el imperio de las masas, con lo que Europa se convierte en el problema principal. Luis Arias se refiere a las diferentes interpretaciones de esta idea, recordando un ejemplo puesto por el mismo Ortega, que señala al fascismo «como un típico movimiento de hombre-masa». Finalizada la guerra civil española, sucede con nuestra vida intelectual un hecho paradójico: desaparece el contrapeso de la cultura alemana, quedando la vida intelectual española a merced de los mayores estragos causados por las modas filosóficas y literarias francesas, que operan aquí sin ninguna limitación crítica. Luis Arias se detiene en casos relevantes, como Heidegger y Sartre. Por lo que se refiere al gran escritor francés, nadie puede dudar, hoy, de su gran deuda con no pocos pensadores alemanes, como Husserl, Marx, N. Hartmann y Heidegger. Un solo ejemplo: la famosa imagen sartriana de la idea de Dios como contradictoria por aunar las características de un ser personal -pour soi- y un ser independiente de la conciencia -en soi- está ya elaborada en la Ética de N. Hartmann, en la crítica a la pretensión kantiana de conciliar la autonomía moral con la existencia de Dios. La trituración de la Facultad de Filosofía de Madrid en la guerra civil privó a nuestra vida cultural del contrapeso de la tradición filosófica alemana frente a las modas intelectuales francesas. Ciertamente, hay una excepción, Heidegger, cuya presencia en las facultades españolas requiere una explicación mínima. Yo recuerdo cómo los alumnos de Filosofía de los años cincuenta y sesenta se preguntaban por qué los ideólogos del régimen jaleaban tanto a Heidegger. Parece evidente que una de las razones era que el gran pensador teutón ocupaba un lugar que, de algún modo, cerraba el paso a la escuela orteguiana, al cubrir un mismo espacio filosófico. Pero si revisamos los textos españoles de aquella época (González Álvarez, Mindán, etcétera), nos encontramos con que, en los datos biográficos del autor de Ser y tiempo, no aparece nunca que fue nombrado, en 1933, rector de la Universidad de Friburgo por el III Reich, de tan triste recuerdo, ni que estuvo apartado de la enseñanza entre 1945 y 1951. ¿Era inocente este silencio o se trataba de ocultar «un mérito» que podía provocar rechazo en los alumnos? Luis Arias se refiere a la relación de Ortega con las ideas filosóficas de Heidegger y Sartre en un epígrafe con un título bien significativo: El lastre de ser español en los ámbitos filosóficos allende nuestras fronteras (Ibídem, pág. 26 y ss.). Se recoge aquí una famosa cita de Ortega: «Apenas hay uno o dos conceptos importantes de Heidegger que no preexistan, a veces con anterioridad de trece años en mis escritos». La exposición y crítica de las ideas estéticas de Ortega ocupa un lugar central en el libro de Luis Arias. El diagnóstico orteguiano del arte nuevo se produce a comienzos de los años veinte con el famoso párrafo que inicia Musicalia: «El público de los conciertos sigue aplaudiendo frenéticamente a Mendelssohn y continúa siseando a Debussy». Por lo pronto, para mantener, hoy, la vigencia de aquella constatación de hace casi un siglo, habría que sustituir a Debussy -asimilado ya por todos los públicos musicales- por Schoenberg o, entre nosotros, por Luis de Pablo Tomás Marco. «El arte -sentencia Ortega- evoluciona inexorablemente en el sentido de una progresiva purificación». «El cuadro, renunciando a emular la realidad, se convertiría en lo que auténticamente es: un cuadro -una irrealidad...». «De pintar las cosas se ha pasado a pintar las ideas». Parece indudable que, básicamente, el diagnóstico de Ortega sobre el arte nuevo era correcto (Ibídem, pag. 164 y ss.). Así, cuando señala, en La deshumanización del arte (1925), que el nuevo arte «será un arte para artistas, y no para la masa de los hombres», no puede uno dejar de pensar en una buena parte de la nueva música clásica, que sólo despierta el interés de músicos y musicólogos. Sin embargo, Ortega estaba muy lejos de sospechar que la cultura de masas, por él denunciada, también iba a invadir este campo: así, las colas interminables en las exposiciones monográficas de Picasso, Kandinsky, Matisse, etcétera. Luis Arias subraya errores claros en esta teoría orteguiana: por ejemplo, la afirmación, en 1925, de que el arte nuevo «no ha producido hasta ahora nada que merezca la pena». (Baste recordar que Las señoritas de Aviñón, de Picasso, es de 1907, que La consagración de la primavera, de Stravinsky, es de 1913, o que el Ulises de Joyce es de 1922.) Ortega se atreve a pronosticar que, dado que el nuevo arte «ni humaniza ni persigue mimetismo alguno, no hay lugar para falsificaciones», cuando el nivel alcanzado por las falsas firmas en la pintura abstracta ha llegado a superar todos los niveles imaginables. Así, en Asturias hemos visto «exposiciones» de Chagall y Picasso en las imitaciones de algún joven pintor. Luis Arias es muy crítico con la tesis orteguiana del agotamiento de la novela como género literario, en 1925, cuando están en la plenitud creadora Thomas Mann, KafkaFaulkner. No podía faltar, en un escritor asturianista como es Luis Arias, una referencia a la relación de Ortega con nuestra región. Durante el verano de 1915, Ortega permanece mes y medio en Asturias. Es entonces cuando conoce a Fernando Vela, que después sería su más cercano colaborador, el llamado -como funcionario de Aduanas- aduanero de la «Revista de Occidente», donde, como secretario, recibía los originales de las colaboraciones. Luis Arias comenta las reflexiones, tan agudas, que nuestro paisaje y nuestras gentes suscitaron en Ortega. Los asturianos, de ideas claras, que van directamente a las cosas, a los problemas, en cambio, colectivamente somos vistos como «intransitivos», por Ortega, nos perdemos en disputas localistas, en política de campanario. Probablemente, esa intransitividad se debía al aislamiento secular de Asturias. Hoy, cuando vamos teniendo vías de comunicación adecuadas, ¿por qué no pensar que las nuevas generaciones de asturianos, que andan por el mundo, están destinados a romper esa «intransitividad» de que hablaba el «maestro», como ya la superaron, anteriormente, los viejos emigrantes asturianos? Sí, maestro Ortega, mal que le pesase al antiguo Ministerio de Información y Turismo, como queda de manifiesto en este magnífico trabajo de Luis Arias, que nos recupera al Ortega y Gasset vivo, alejado de los tópicos, creador y testigo lúcido del último siglo de vida española y europea. Actualmente, los primeros espadas de la filosofía española -Lledó, Bueno, SavaterTrías- escriben incansablemente sobre temas orteguianos y unamunianos, como el sentido de la vida o la felicidad, alcanzando grandes tiradas editoriales. ¿Cómo no recordar los esfuerzos de aquellos dos gigantes -Ortega y Unamuno- por interesar a los españoles en estos temas filosóficos?Buscando al Ortega crítico
 
Back to top!